Apuntes sobre el delirio

 

 

APUNTES SOBRE EL DELIRIO

John Locke afirmó que "El defecto de los imbéciles procede de la carencia de prontitud, actividad y movimiento en las facultades intelectuales, de donde resulta que están privados de razón. Los locos, en cambio, parece que padecen del extremo contrario porque no veo que hayan perdido la facultad de razonar, sino que, habiendo unido muy fuera de propósito algunas ideas, las toman por verdades, y yerran como los hombres que razonan bien pero que han partido de principios equivocados".

Jean Esquirol definió "un hombre tiene delirio cuando sus sensaciones no están en relación con objetos externos, cuando sus ideas no están en relación con sus sensaciones, cuando sus juicios y decisiones no se relacionan con sus ideas, y cuando sus ideas, juicios y decisiones son independientes de su voluntad".

Otto Dörr Zegers, psiquiatra, plantea que "la locura hay que analizarla no siempre como un defecto o una enfermedad, ya que también está vinculada a la genialidad y a la santidad" y "el delirio nada tiene que ver con la irracionalidad; es, por el contrario, el producto de un imperio ilimitado de la razón, de ese afán totalizador y abarcativo que pretende coger la realidad toda en un solo acto de conocimiento, obteniendo con ello que los límites de la realidad se difuminen, que lo que es deje de ser lo que es, y que lo que no es sea".

El delirio, a pesar de sus diversas -y a menudo vagas- descripciones, constituye junto a las alucinaciones el síntoma psiquiátrico por excelencia. Suelen definirse las ideaciones delirantes como falsas creencias, pensamientos aberrantes o disparatados sobre algún aspecto de la realidad (dando por supuesto que esta realidad es algo objetivo e independiente de quien la observa).

El verbo 'delirar' proviene del latín 'delirare', que significaba literalmente ‘salirse del surco’. Suele entenderse como metáfora agrícola: cuando al arar un caballón se aparta de los anteriores, diríamos que el labrador 'delira'. Pero el vocablo latino 'lira' denota también la zanja limítrofe entre dos territorios, en particular la que separaba un enclave romano del territorio fuera de su control. Ramón Área Carracedo, psiquiatra, sugiere que el sentido original de esta metáfora se refiere al significado de frontera, entendiendo que 'delira' que quien se aparta del 'sentido común', el conjunto de saberes, valores y creencias compartidos mayoritariamente dentro de un grupo humano. (Es decir, tanto delira quien insiste en perseguir judíos en una sociedad tolerante e igualitaria, como quien se niega a hacerlo en un entorno nazi y antisemita)

 

MANUEL GARCÍA TABUYO, psicólogo clínico.

Prácticamente en todas las especies se observa que la incertidumbre genera señales de angustia y molestia. La incertidumbre no es más que contingencias no claras; o sea, el organismo es incapaz de establecer una relación entre comportamientos y consecuentes. Por así decirlo, si presiono el botón rojo no sé si voy a recibir comida, una descarga, un ruido, un soplo de aire, o no ocurrirá nada en absoluto. Si resulta que estoy rodeado de botones rojos y tengo que interactuar con ellos forzosamente si quiero conseguir algo, empezaré a sentir mucha angustia.

Imaginemos que el botón rojo es el comportamiento social humano. Haga lo que haga no sé si la gente se va a reír, me va a ignorar, me va a insultar o me va a alabar. También puede ser mi trabajo; no sé cuándo voy a recibir una bronca de mi jefe, o cuándo me van a regañar mis compañeros, o por qué se ríen cuando paso cerca. O, yendo a un extremo, la vida en general: he perdido las riendas y ya no sé adónde ir ni qué hacer.

Todo esto no es, por sí mismo, condición /sine qua non/ para que aparezca conducta delirante; pero sí proporciona un discriminativo excelente para que utilicemos un recurso que, aparentemente, ninguna otra especie tiene: el pensamiento en forma de lenguaje.

Ante todas las situaciones expuestas un humano podría empezar a pensar “se ríen porque les caigo mal”, “me regañan porque me envidian”, “creen que son más listos que yo”, “me tratan así para ponerme a prueba”, “me han despedido por karma”. Todas estas frases tienen un punto en común: generan una explicación. Ante la incertidumbre, contingencias claras. A partir de cierto momento todo va a estar explicado por el pensamiento delirante, siendo así un reforzador autogenerado para cualquier tipo de conducta. La evidencia se recabará de tal manera que el delirio se mantenga, siendo obviado lo que lo contradice. Esto es exactamente igual que para cualquier otra creencia, desde “soy un tipo simpático” hasta la religión.

No es mi intención banalizar algo tan potencialmente dañino como el delirio; nada más lejos. Con este título lo que intento poner de manifiesto es que, en algún momento, el delirio fue lo único que la persona tuvo para sentir certidumbre. Fue lo que quizá le salvó en un período muy duro de su vida, o lo que le ayudó a salir adelante en un trabajo que estaba acabando con su salud. El delirio tuvo su función, y como cualquier otra conducta, lo que se refuerza se mantiene. Puede que más adelante empiece a ser fuente de problemas, pero eso no significa que siempre fuera perjudicial. Es, por ello, que he querido mostrar que algo tan llamativo y atemorizador como la conducta delirante podría no ser tan distinto de otras como escribir, hacer bromas o montar miniaturas.

 

GEORGE ALEXANDER KELLY, psicólogo y educador.

Kelly concibe al ser humano como un científico que construye y modifica con la experiencia su conjunto de conocimientos y de hipótesis, o su filosofía vital, por tal de anticipar los resultados de su conducta y otros eventos. Denominó a su posición epistemológica básica Alternativismo Constructivo. Considera la realidad como algo que no se nos manifiesta directamente sino a través de nuestros Constructos Personales, lo cual prevé el hecho de que una misma situación pueda ser vivida de formas bien distintas, idiosincráticas, por distintas personas. Implica también, y esto tiene importantes repercusiones terapéuticas, que una persona no es una víctima de la realidad, sino de su construcción de esa realidad. El sufrimiento humano sobreviene a menudo a causa de que los constructos del individuo no son adecuados para anticipar la realidad y es necesario sustituirlos por otros más útiles (nótese que no decimos "más verdaderos" o "más reales").

 

JOSÉ MARÍA ÁLVAREZ, psicólogo clínico y psicoanalista.

La gente en realidad piensa que la locura es una especie de enfermedad o de maldición que le cae a uno encima. El delirio de la locura es una defensa, un intento de reequilibrio del sujeto. Cuando alguien alucina, delira y hace cosas raras, en realidad está echando mano de determinado tipo de protecciones que crean una adicción terrible. El delirio es muy adictivo porque quien delira sabe muy bien que existe algo mucho peor. El sujeto no quiere soltar eso, no quiere soltar la convicción que es el pecio al que agarrarse en medio del océano, aunque sepa que agarrado a él acabará solo en medio del mar. Sabe que antes que el delirio hay una angustia terrible, un vacío y una perplejidad oceánica que es mucho peor. ¿Qué es la locura? Pues es una experiencia dramática muy solitaria e intensa, a la que no hay que idealizar. La locura es una dimensión que entraña determinado tipo de experiencias muy concretas, por ejemplo, la convicción o la certeza. Nosotros podemos tener opiniones, creencias, hablamos, podemos estar de acuerdo o no estar de acuerdo, pero la rotundidad, la densidad de la locura se manifiesta en aquello que se llama la convicción o la certeza. Nietzsche, que acabó sus días bastante chiflado, lo decía con una precisión pasmosa: «No es la duda lo que vuelve locos a los hombres sino la certeza»

"a mí me parece más sensato y respetuoso hablar de locura que de enfermedad mental"

Me parece más patético e hiriente, incluso más insultante, hablar de enfermedad mental que de locura. ¿Por qué razón? Porque cuando alguien dice que tal persona es un enfermo mental, lo que está diciendo con ese término médico tan rotundo es que esa persona está manejada por algo que no es él mismo. Y esto a mí me parece terrible. A alguien que tiene una enfermedad mental, una esquizofrenia o una paranoia, por ejemplo, se le supone que tiene un problema del cerebro o un problema genético. Pues bien, eso no es más que una creencia. En realidad no hay nada concreto con respecto a la causa orgánica de la esquizofrenia ni de la depresión. Llevamos dos siglos atribuyendo al organismo enfermo los malestares anímicos y por el momento seguimos en el terreno de la especulación.

 

DELIRIO Y EXPRESIÓN ARTÍSTICA

Observado desde antiguo, se ha señalado hasta el hartazgo la conexión entre delirio y creatividad artística. Obviamente no todo delirio es 'artístico', pero un delirio sub-clínico' aporta un potente motor para la creatividad. Edgar Allan Poe o Salvador Dalí pueden ser ejemplos de ello.

Pero hay algo más: la expresión artística constituye una vía para reconducir un delirio e integrarlo en una vida plena. Nise da Silveira lo puso en evidencia al facilitar que muchos internos tomaran esta via. También algunas instituciones se han hecho eco del producto de estas experiencias.
Pinacoteca Psiquiátrica en España (Universitat de València)
Delirios creativos (El Cultural)

Lo dejamos aquí.